lunes, 16 de junio de 2014

En este articulo, Monseñor Eduardo Garcia describe el lugar que ocupa el docente en la sociedad actual y como éste debe hacer frente a los niños y adolescentes en riesgo.

Artículo de Monseñor Eduardo García publicado por la Comisión de niñez y adolescencia en riego del Arzobispado de Buenos Aires
Preservar la infancia
Siempre es una alegría ver que todavía hay gente que se congrega para trabajar junto a los chicos y adolescentes, una de las fragilidades más grandes, junto con los ancianos, que tiene nuestra sociedad.
Todos los que trabajamos con los niños creemos que de una u otra manera que son una promesa y una esperanza. Trabajar en pos de esa promesa no es una utopía, es creer que es posible algo distinto.
En nuestra sociedad la infancia está marcada por una orfandad muy grande, no saber ser padre de sus hijos, de aquellos que vienen al mundo y que son el futuro. La problemática de la infancia está sin resolver desde siempre. Uno se pregunta por qué, de hecho, los derechos de los niños han sido promulgados y sin embargo siguen sin dar una respuesta y seguimos viendo que nuestros niños y adolescentes continúan en la más profunda indefensión. Esto da a pensar si realmente sabemos ubicar la realidad de la infancia y la adolescencia en su justo lugar. Si con tantos años de civilización hemos aprendido y descubierto cuál es el verdadero lugar de la infancia, y por ende, de la adolescencia. Recién hace pocos siglos, en tantos años de humanidad, al chico se le dió la categoría de niño, antes compartía la realidad, los trabajos del adulto, y los valores estaban dados por la rentabilidad de aquello que podía hacer. Recién hace doscientos años se comenzó a descubrilo como una entidad particular, que el niño es niño. No es simplemente un proyecto de adulto. Sin embargo, eso no significó un cambio, quizás significó una mirada distinta, pero con el transcurso de los años podemos descubrir que seguimos exactamente igual. Lo vemos en los programas de chicos en los cuales, en la piel de ellos, se ponen sentimientos y conflictos de adultos y no nos damos cuenta que no entendemos a los chicos, no comprendemos quiénes son. Seguimos pensando que son un proyecto de adulto. Entonces nos sentimos satisfechos cuanto más rápido acortemos los plazos de la infancia y el chico comience a ser un adolescente, porque en realidad, no sabemos qué hacer con ellos, cómo tratarlos. Y si en la antiguedad los chicos pasaron a ser la diversión de las cortes, hoy también son parte de la diversión de los adultos, de este adulto-centrismo en el cual vivimos, el chico es una pieza dentro de un engranaje, pero nada más.
Y desde esa perspectiva vamos perdiendo y pervirtiendo toda la confidencialidad, la originalidad, toda la riqueza que van teniendo. Cuando miramos al chico simplemente, desde el adulto estamos proyectando aquello que pensamos que él debería ser y no lo que él realmente es. Estamos exigiendole aquello que pensamos que tiene que alcanzar y no lo que puede alcanzar, estamos usando su figura, sus afectos, usando incluso su propia corporeidad.
El chico vale por lo que puede aportar de una manera rentable desde los medios de comunicación social, desde lo que puede producir por aquello que pide. También es rentable desde la prostitución infantil, hacerlo vender droga, desde hacerlo trabajar desde muy chiquito en muchos ámbitos. Y el chico sigue siendo un objeto de rentabilidad y no realmente alguien considerado una persona en desarrollo, que tiene que vivir la infancia para poder llegar a ser adulto, creo que esa es la clave de todo agente de pastoral, la clave de todo aquel que se dedique al trabajo con chicos, ayudar a los chicos a ser chicos.
Recuperar la infancia y esto es lo que más nos cuesta. No se puede ser adulto si no se fue chico. No se puede ser adolescente si no se ha pasado por la etapa de la infancia, no se aprende a dialogar si no se aprendió a jugar, no se aprende a convivir con los demás si no se aprendió a vincularse desde los propios sentimientos infantiles. El chico tiene realidades propias que le corresponden a su edad, el chico que no pudo ser chico será un adulto inmaduro. Porque no supo vivir aquello que le correspondía y se le exigió que fuera aquello que no tiene que ser. Devolverles la infancia, creo que es el gran desafío, desde muchos lugares, desde lugares preventivos, desde lugares concretamente pedagógicos, de acompañamiento, de evangelización, sanitarios; devolverles la infancia, dejar que sea chico y que no se averguence de serlo. Imagino que los chicos quieren llegar a ser grandes, lástima que cuando somos grandes desearíamos volver a ser chicos. Y ya es tarde, ya pasó.
Por lo tanto, el chico como el viejo molestan. Porque no producen, porque no se sabé qué hacer con ellos, proque hay que dedicarles tiempo, porque hay que ayudarlos a aprender el arte de la vida. Quizá uno de nuestros grandes esfuerzos al ponernos a trabajar con ellos es hacer memoria de nuestra propia infancia, de aquello que nos hizo sufrir y aquello que nos alegró, para hacer crecer los motivos de alegría y evitar los sufrimientos.
Los adultos, quienes supuestamente tenemos más experiencia en la vida, tenemos el deber y el derecho de preservar la infancia. Hay muchos imperativos que les vamos imponiendo a nuestros chicos: que no hagas esto ni aquello, o los superlativos: podés todo; los dos extremos son perniciosos. Porque los NO absolutos y reiterados provocan mucha amargura y frustación. Y los SÍ absolutos provocan hambre de límites. Buscar un equilibrio, saber descubrir cuáles son sus ncesidades fundamentales, sabernos meter en sus corazones y en sus expectativas, para descubrir desde ahí lo que ellos necesitan, porque lo que ellos necesitan es lo que tenemos que brindarles. Como Iglesia, en esta terrible orfandad que vive nuestra sociedad, tenemos que ejercer esta maternidad, esta paternidad que Dios nos confía. En todos los ámbitos hacernos cargo como padre y madre de los chicos.
Porque si creemos en un Dios que es misericordia pero sobre todo es ternura, y habla con amor y protección a todos sus hijos, es desde ese sentimiento que tenemos que acercarnos.
Puede haber planes fabulosos, fantásticos, geniales, como también hay leyes y derechos geniales, innegables, pero a los que les falta justamente esa ternura que sólo es capaz de percibirse cuando nos acercamos y nos hacemos carne en el gesto.
Ayudar a los chicos, acercandonos realmente a ellos, desde ellos, en la situación que estén, eso es lo que nos pide el Señor: lo que hacen con el más pequeño, lo hacen conmigo, y en cada uno de ellos justamente está el Señor mostrandose y pidiendonos algo, quizá pidiendonos que rescatemos también al niño que hay en nosotros y que el Señor alaba y bendice para que desde ese niño nos acerquemos con naturalidad a los chicos y podamos acompañarlos, ayudarlos, consolarlos, comprenderlos, ayudarlos fundamentalmente a vivir 
"Porque si creemos en un Dios que es misericordia pero sobre todo es ternura, y habla con amor y protección a todos sus hijos, es desde ese sentimiento que tenemos que acercarnos."



      

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