Artículo de Monseñor Eduardo García
publicado por la Comisión de niñez y adolescencia en riego del Arzobispado de
Buenos Aires
Preservar la infancia
Siempre es una
alegría ver que todavía hay gente que se congrega para trabajar junto a los
chicos y adolescentes, una de las fragilidades más grandes, junto con los
ancianos, que tiene nuestra sociedad.
Todos los
que trabajamos con los niños creemos que de una u otra manera que son una
promesa y una esperanza. Trabajar en pos de esa promesa no es una utopía, es
creer que es posible algo distinto.
En nuestra
sociedad la infancia está marcada por una orfandad muy grande, no saber ser
padre de sus hijos, de aquellos que vienen al mundo y que son el futuro. La
problemática de la infancia está sin resolver desde siempre. Uno se pregunta
por qué, de hecho, los derechos de los niños han sido promulgados y sin embargo
siguen sin dar una respuesta y seguimos viendo que nuestros niños y
adolescentes continúan en la más profunda indefensión. Esto da a pensar si
realmente sabemos ubicar la realidad de la infancia y la adolescencia en su
justo lugar. Si con tantos años de civilización hemos aprendido y descubierto
cuál es el verdadero lugar de la infancia, y por ende, de la adolescencia.
Recién hace pocos siglos, en tantos años de humanidad, al chico se le dió la
categoría de niño, antes compartía la realidad, los trabajos del adulto, y los
valores estaban dados por la rentabilidad de aquello que podía hacer. Recién
hace doscientos años se comenzó a descubrilo como una entidad particular, que
el niño es niño. No es simplemente un proyecto de adulto. Sin embargo, eso no
significó un cambio, quizás significó una mirada distinta, pero con el
transcurso de los años podemos descubrir que seguimos exactamente igual. Lo
vemos en los programas de chicos en los cuales, en la piel de ellos, se ponen
sentimientos y conflictos de adultos y no nos damos cuenta que no entendemos a
los chicos, no comprendemos quiénes son. Seguimos pensando que son un proyecto
de adulto. Entonces nos sentimos satisfechos cuanto más rápido acortemos los
plazos de la infancia y el chico comience a ser un adolescente, porque en
realidad, no sabemos qué hacer con ellos, cómo tratarlos. Y si en la antiguedad
los chicos pasaron a ser la diversión de las cortes, hoy también son parte de
la diversión de los adultos, de este adulto-centrismo en el cual vivimos, el
chico es una pieza dentro de un engranaje, pero nada más.
Y desde esa
perspectiva vamos perdiendo y pervirtiendo toda la confidencialidad, la
originalidad, toda la riqueza que van teniendo. Cuando miramos al chico
simplemente, desde el adulto estamos proyectando aquello que pensamos que él
debería ser y no lo que él realmente es. Estamos exigiendole aquello que
pensamos que tiene que alcanzar y no lo que puede alcanzar, estamos usando su
figura, sus afectos, usando incluso su propia corporeidad.
El chico
vale por lo que puede aportar de una manera rentable desde los medios de
comunicación social, desde lo que puede producir por aquello que pide. También
es rentable desde la prostitución infantil, hacerlo vender droga, desde hacerlo
trabajar desde muy chiquito en muchos ámbitos. Y el chico sigue siendo un objeto
de rentabilidad y no realmente alguien considerado una persona en desarrollo,
que tiene que vivir la infancia para poder llegar a ser adulto, creo que esa es
la clave de todo agente de pastoral, la clave de todo aquel que se dedique al
trabajo con chicos, ayudar a los chicos a ser chicos.
Recuperar
la infancia y esto es lo que más nos cuesta. No se puede ser adulto si no se
fue chico. No se puede ser adolescente si no se ha pasado por la etapa de la
infancia, no se aprende a dialogar si no se aprendió a jugar, no se aprende a
convivir con los demás si no se aprendió a vincularse desde los propios
sentimientos infantiles. El chico tiene realidades propias que le corresponden a su edad, el
chico que no pudo ser chico será un adulto inmaduro. Porque no supo vivir
aquello que le correspondía y se le exigió que fuera aquello que no tiene que
ser. Devolverles la infancia, creo que es el gran desafío, desde muchos
lugares, desde lugares preventivos, desde lugares concretamente pedagógicos, de
acompañamiento, de evangelización, sanitarios; devolverles la infancia, dejar
que sea chico y que no se averguence de serlo. Imagino que los chicos quieren
llegar a ser grandes, lástima que cuando somos grandes desearíamos volver a ser
chicos. Y ya es tarde, ya pasó.
Por lo tanto,
el chico como el viejo molestan. Porque no producen, porque no se sabé qué
hacer con ellos, proque hay que dedicarles tiempo, porque hay que ayudarlos a
aprender el arte de la vida. Quizá uno de nuestros grandes esfuerzos al
ponernos a trabajar con ellos es hacer memoria de nuestra propia infancia, de
aquello que nos hizo sufrir y aquello que nos alegró, para hacer crecer los
motivos de alegría y evitar los sufrimientos.
Los
adultos, quienes supuestamente tenemos más experiencia en la vida, tenemos el
deber y el derecho de preservar la infancia. Hay muchos imperativos que les
vamos imponiendo a nuestros chicos: que no hagas esto ni aquello, o los
superlativos: podés todo; los dos extremos son perniciosos. Porque los NO
absolutos y reiterados provocan mucha amargura y frustación. Y los SÍ absolutos
provocan hambre de límites. Buscar un equilibrio, saber descubrir cuáles son
sus ncesidades fundamentales, sabernos meter en sus corazones y en sus
expectativas, para descubrir desde ahí lo que ellos necesitan, porque lo que
ellos necesitan es lo que tenemos que brindarles. Como Iglesia, en esta
terrible orfandad que vive nuestra sociedad, tenemos que ejercer esta
maternidad, esta paternidad que Dios nos confía. En todos los ámbitos hacernos
cargo como padre y madre de los chicos.
Porque si
creemos en un Dios que es misericordia pero sobre todo es ternura, y habla con
amor y protección a todos sus hijos, es desde ese sentimiento que tenemos que
acercarnos.
Puede haber
planes fabulosos, fantásticos, geniales, como también hay leyes y derechos
geniales, innegables, pero a los que les falta justamente esa ternura que sólo
es capaz de percibirse cuando nos acercamos y nos hacemos carne en el gesto.
Ayudar a
los chicos, acercandonos realmente a ellos, desde ellos, en la situación que
estén, eso es lo que nos pide el Señor: lo que hacen con el más pequeño, lo
hacen conmigo, y en cada uno de ellos justamente está el Señor mostrandose y
pidiendonos algo, quizá pidiendonos que rescatemos también al niño que hay en
nosotros y que el Señor alaba y bendice para que desde ese niño nos acerquemos
con naturalidad a los chicos y podamos acompañarlos, ayudarlos, consolarlos,
comprenderlos, ayudarlos fundamentalmente a vivir

"Porque si
creemos en un Dios que es misericordia pero sobre todo es ternura, y habla con
amor y protección a todos sus hijos, es desde ese sentimiento que tenemos que
acercarnos."
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