Siendo la escuela la más importante entre los medios de comunicación, ya que “a la vez que cultiva con asiduo cuidado las facultades intelectuales, desarrolla la capacidad del recto juicio, introduce en el patrimonio de la cultura conquistado por las generaciones pasadas, promueve el sentido de los valores, prepara a la vida profesional, fomenta el trato amistoso entre los alumnos de diversa índole y condición, contribuyendo a la mutua comprensión...” (Gravissimus educationis, n°5), podemos afirmar que la escuela católica también lo es.
En este sentido, Juan Pablo II, en
el n°69 de su Exhortación Apostólica “Catechesi
Tradaende” es bien claro al respecto. Hablando de la escuela católica, la
formación en la fe y en qué es lo que la distingue, el Papa se pregunta: “¿Seguiría mereciendo este nombre (la
escuela católica) si, aun brillando por
su alto nivel de enseñanza en las materias profanas, hubiera motivo justificado
para reprocharle su negligencia o desviación en la educación propiamente
religiosa? ¡Y no se diga que ésta se dará siempre implícitamente o de manera
indirecta! El carácter propio y la razón profunda de la escuela católica, el
motivo por el cual deberían preferirla los padres católicos, es precisamente la
calidad de la enseñanza religiosa integrada en la educación de los alumnos.”
Es importantísimo en la escuela
católica la formación en la fe. Para esta tarea, lo serán también los
catequistas. ¿Cuál es la metodología propia en estos tiempos de transmitir la
fe en esta sociedad? ¿Hay alguna específica?
El Card. Bergoglio, en su mensaje
para el Encuentro Arquidiocesano de Catequistas (EAC) del año 1997, decía: “La única metodología catequética es el
Verbo venido en carne. Él es el mensaje y Él es el método. Sí, también el
método, porque de la misma contemplación del Verbo Encarnado surgen las pautas
coherentes para demostrarlo, hablar de Él, anunciarlo. De lo contrario
podríamos caer en la tentación de hacer una ‘ideología’ (es decir, un pensar
sobre) de Jesucristo. Y la catequesis no es un pensar sobre Jesucristo, sino un
enseñar para que el Jesucristo recibido en el anuncio kerigmático crezca en
verdad y caridad.”
Se habla de una integración, de no caer en meras
proposiciones, en un método de enseñar, memorizar, responder. Sino de integrarla
en la vida, integrarlo en todos los aspectos...
La una y la otra... Catequesis y Kerygma; Razón y fe... Formación
y oración... Sin hacer tantas distinciones entre una y otra, que puedan ir de
la mano. Al fin y al cabo, se trata de que todos conozcan a Jesús. Claro que
respetando sus procesos y sus preguntas... pero siempre ayudándolos a caminar
en la fe.
Para culminar, la declaración conciliar Gravissimus educationis en su n°8, sintetiza esta integración en la
que estamos reflexionando. Dice:
“La presencia de la Iglesia en la tarea de la enseñanza se
manifiesta, sobre todo, por la escuela católica. Ella busca, no es menor grado
que las demás escuelas, los fines culturales y la formación humana de la
juventud. Su nota distintiva es crear un ambiente comunitario escolástico,
animado por el espíritu evangélico de libertad y de caridad, ayudar a los
adolescentes para que en el desarrollo de la propia persona crezcan a un tiempo
según la nueva criatura que han sido hechos por el bautismo, y ordenar
últimamente toda la cultura humana según el mensaje de salvación, de suerte que
quede iluminado por la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del
mundo, de la vida y del hombre. Así, pues, la escuela católica, a la par que se
abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos
para conseguir eficazmente el bien de la ciudad terrestre y los prepara para
servir a la difusión del Reino de Dios, a fin de que con el ejercicio de una
vida ejemplar y apostólica sean como el fermento salvador de la comunidad
humana.” (Gravissimus Educationis n°8)
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